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Las Pirámides de Longueras –impresionantes restos preíncas cerca de Lima– estuvieron en pie por veinte siglos, hasta que, hace tres años, una empresa extractora de arena las borró del mapa ante la indiferencia de las autoridades. Esta es la crónica de un acto de barbarie.
En 1986, el arqueólogo Daniel Chumpitaz Llerena era jefe de campo del Proyecto Cajamarquilla, en Huachipa. Él tenía la costumbre de realizar caminatas de exploración por los alrededores y es así como llegó a la zona conocida como La Longuera, una quebrada ciega de más o menos un kilómetro de extensión, cerca del complejo Puruchuco. Chumpitaz tenía información de que ese lugar figuraba en los registros del Instituto Nacional de Cultura como zona arqueológica monumental, pero no sabía exactamente qué había allí. Hasta que lo vio con sus propios ojos. Daniel recuerda que logró contar hasta cuatro pequeñas construcciones piramidales, pero además descubrió restos de otros edificios a lo largo de la quebrada. Lo que más lo sorprendió fue la ubicación de esta ciudadela: estaba oculta entre los cerros –lo que le daba un aire de confinamiento– y, sobre estos, se habían construido grandes tapiales, como para ocultarla aún más. Lo primero que pensó el científico fue que el lugar pudo haber sido una zona militar, pero nadie se oculta en zona baja porque sería vulnerable. "Luego pensé que se trataba de un sitio residencial. Una residencial preínca, si se quiere. Y que probablemente haya sido algún tipo de sede administrativa vinculada a Puruchuco. Y quizá hasta más importante", señala.
La hipótesis que se planteó fue que eran vestigios que se remontaban al año 100 DC, cuando en la zona dominaba la Cultura Lima, y que quizá duraron hasta el dominio del Señor de Lati, poderoso cacique que reinó hasta la llegada de los Incas. Estos habrían conocido el lugar, pues también detectó paredes al estilo del imperio. "Es probable que, con la llegada de los Incas, Puruchuco se convirtiera en sede del poder, y sitios como Longueras fueran abandonados", agrega. Pero todo esto solo son hipótesis que ahora jamás podrán ser comprobadas pues, por increíble que parezca, estas construcciones, que estuvieron en pie durante 20 siglos, solamente deterioradas por el paso del tiempo, fueron destruidas hasta sus cimientos en solo un año, por la ignorancia de una empresa extractora de arena y la angurria de los traficantes de tierras. Ellos juntos borraron todo vestigio de las llamadas Pirámides de Longueras.
Arrasar con el pasado Todo comenzó, cuenta el arqueólogo, cuando la fábrica de ladrillos Proceram pidió en concesión, para extraer arena, la parte de la entrada de la quebrada y se posicionó en el lugar, cerrando todo paso hacia la zona arqueológica. En enero del 2005, el científico regresó allí alertado por gente que hablaba ya de la destrucción de las construcciones preíncas e interesado en que se inicien trabajos formales de estudio. Burlando la vigilancia, constató la destrucción a la que estaban siendo sometidas y en marzo presentó una denuncia ante la fiscalía especializada en la preservación del patrimonio de la nación. Además, se puso al INC al tanto del tema, enviándole un oficio firmado por el entonces decano del Colegio de Arqueólogos del Perú, Francisco Iriarte Brenner. Esto dio pie para que, el 27 de abril, un grupo de peritos, encabezados por María Elena Córdova, funcionaria del INC, y el fiscal Edgardo Santillán del Águila, ingresara a los terrenos de la cantera y lo que encontró quedara registrado en el acta que se levantó. Lo que dice esta es indignante. La zona arqueológica ha sido impactada parcialmente por la cantera. En su superficie se observa fragmentaria de cerámicas de carácter arqueológico. Se observa restos de muros arqueológicos que se encuentran expuestos por el deslizamiento producido por la cantera. También observamos material óseo humano y basura arqueológica. Una trocha carrozable ha cortado un muro arqueológico…. Colindante a la cantera se aprecian estructuras arqueológicas de planta circular y rectangular que no han sido dañadas. En el límite sur de la cantera se encuentra un montículo arqueológico en buen estado de conservación pero que podría ser dañado por futuros deslizamientos a consecuencia de las excavaciones de la cantera.
Y es que no solo se estaba destruyendo los restos arqueológicos con los trabajos de la arenera, sino también vendiendo terrenos al interior de la quebrada. La recomendación, después de esta visita, fue paralizar las obras de extracción de la arena y todo tipo de habilitación urbana. Además, el INC solicitó comunicar a la municipalidad de Ate sobre la depredación de la zona, y al Ministerio de Energía y Minas sobre cómo la ladrillera había afectado la zona, y recomendó sancionar a la empresa Proceram con 50 Unidades Impositivas Tributarias (UIT). Nada de esto se cumplió y, según Daniel Chumpitaz, la sanción es irrisoria pues la ley les permitía multarlos hasta con 1000 UIT. En lo que siguió del año, el arqueólogo continuó con su quijotesca lucha y elevó su denuncia al Congreso de la República, a la quinta fiscalía de prevención del delito de Lima y patrimonio cultural, y también a la 45 fiscalía penal de Lima. Finalmente, el 21 de noviembre del año pasado, Chumpitaz acompañó a Teresa Verástegui, directora del Museo de Puruchuco, y a otras autoridades que hicieron una nueva visita a La Longuera, encontrando la zona casi devastada en su totalidad, además de restos de cenizas quemadas con textiles de algodón prehispánicos y restos óseos humanos. Es decir, habían quemado fardos funerarios (momias) para ocultar la destrucción de los restos arqueológicos.
El último de los mohicanos El rostro de Daniel cambia al ver la quebrada. Dice que ahora solo en las laderas queda basura arqueológica, algunos muros, pero los edificios y la urbanización han sido arrasadas completamente."Cuando vine la primera vez, desde donde estamos podíamos ver todas las estructuras, los muros, las pirámides. Como puedes ver en Cajamarquilla o en la Huaca Pucllana. Ahora ya no hay nada. La zona arqueológica ya no existe y entonces ahora la arenera puede decir que ellos no han hecho nada y encima están trabajando con una inmobiliaria que está vendiendo lotes de terreno". Daniel Chumpitaz mira nuevamente hacia la quebrada y cita una frase de un libro que conoce bien: "Vi nacer y morir al último de los mohicanos". Así se siente el investigador. "He sido testigo de cómo han ido destruyendo todo. Fui testigo de un esplendor oculto. Y lo que más me pesa es que no tuve tiempo de hacer fotografías cuando vine por primera vez. Es que uno piensa que eso que ha resistido tantos siglos no va a desaparecer jamás. Me equivoqué", dice el arqueólogo como haciendo un mea culpa injustificado. La última acción tomada por Daniel Chumpitaz ha sido denunciar al INC y a su director, el doctor Luis Lumbreras, por delito de omisión de funciones al no haberse ocupado del tema en su momento. Pero esto no palia el dolor que siente al saber que las nuevas generaciones nunca podrán ver las Pirámides de Longuera. Aunque por su propia boca asegura que no parará hasta que alguien asuma su responsabilidad.
Buscando responsables
1. La foto muestra lo que es hoy Longueras: basura y casas prefabricadas.
Diario La República |
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